“Nosotros, el pueblo…”


AD.jpg

Una constante del debate público, político, es la invocación talismánica – casi sin excepción – del “pueblo” para justificar y adelantar las más diversas y contradictorias opiniones que pudiera tener una persona. No dudo que aquellos que invocan al “pueblo” para adelantar sus causas lo hacen con el profundo y sincero convencimiento de la corrección de sus planteamientos. En fin, el ser humano tiene una infinita capacidad de convencerse a si mismo, más aún cuando las opiniones son las propias. Hay que reconocer, sin embargo, que el mero uso del tropo retórico “pueblo” no hace ni más ni menos persuasivo la opinión que se adelanta, y que su uso corriente la más de las veces constituye un sofisma.

Dentro de nuestra tradición democrática – y me refiero a la tradición política occidental de los últimos cuatrocientos años, aproximadamente – el “pueblo” es entendido como la fuente de la soberanía. En este contexto, ocupa en nuestro imaginario político una posición análoga a la que ocupaba la Iglesia Católica en la imprecisamente llamada Edad Media o las Monarquías europeas al inicio de la era moderna. Ya en Montesquieu, Hobbes, Locke, Rousseau – por mencionar los más conocidos y cada cual con sus marcadas diferencias – la noción del “pueblo” como entidad política de la cual dimana la soberanía del Estado político va cobrando pre-eminencia, desplazando a fuerza de fuerza las categorías pre-modernas. Nuestra dudosa noción de un contrato social reproduce conceptualmente con fines políticos, lo que a fin de cuentas fue el violento proceso histórico de la ascendencia de la burguesía europea y sus reclamos de igualdad frente a los estamentos de la Iglesia y la aristocracia. La tradición Whig inglesa, a diferencia de la tradición continental, va a ver en la protección de los derechos individuales (propietarios en todo caso) frente a la Monarquía como la nota distintiva de su desarrollo político. El “pueblo” no es – al menos inicialmente – una abstracción política-jurídica sino el conjunto de individuos ejerciendo sus derechos, como individuos, frente al Estado.

Como es sabido, el preámbulo de la Constitución de los Estados Unidos inicia con la célebre frase “We, the People…” Ya muchos han señalado cómo ese preámbulo, al igual que el resto del texto, provocaron extensos debates, tanto en la Asamblea Constituyente de 1787 como en los procesos de ratificación por los estados de la confederación. En síntesis, la frase supuso una arrogación de autoridad y existencia de una entidad político-jurídica que estaba bajo serios cuestionamientos por diversos sectores políticos. A mi juicio, aún hoy no cabe hablar del ”People” de la Constitución de los Estados Unidos sin hacer referencia a la carta de derechos (individuales, en todo caso) oponibles ante el nuevo Estado Federal. Es decir, dentro de la tradición política Constitucional no cabe hablar del “People” - o del “pueblo” si se prefiere - como una entidad corporativa independiente de los miembros individuales que la componen. Lamentablemente, la pesadilla rousseauniana de la voluntad general aún nos despierta por las noches.

El “pueblo” es en primera y última instancia una categoría política-jurídica – no sociológica - pensada y articulada para legitimar tanto los procesos políticos, como el Estado que se erige sobre los ciudadanos. Dentro de toda sociedad humana – no importa su grado de complejidad – hay grupos e individuos en su interior que comparten y difieren entre si, tanto en sus costumbres, prácticas sociales, valores, condición económica, lenguaje, religión, entre otros. La categoría “pueblo” tiene como finalidad borrar esas diferencias en atención a una abstracción política unificadora, totalizadora. No es difícil advertir cómo el nacionalismo como fenómeno histórico y corriente intelectual va a encontrar en el “pueblo”, el Volk de Herder, el cimiento de su eficacia política. La historia del siglo XIX y XX, tanto europea como mundial, puede ser entendida como el arraigo de ese nacionalismo como uno de los criterios legitimadores del Estado contemporáneo. Es importante destacar, sin embargo, que el concepto “pueblo” no está necesariamente atado al nacionalismo como proyecto histórico.

Dentro de este contexto, la participación ciudadana en los procesos electorales - ya sea para elegir los diversos funcionarios que habrán de representarlos en la Asamblea Legislativa y en el Ejecutivo, ya sea para expresarse en un asunto de interés público como el status - es la piedra angular de la democracia representativa. Esto no quiere decir, sin embargo, que el ciudadano tenga de ordinario injerencia real y efectiva en los procesos deliberativos de la cosa pública. Su participación electoral es entendida por sus beneficiarios – los políticos - como una instancia de la voz del “pueblo” que “habla” a través de las urnas. Claro, el “pueblo” no habla. El proceso electoral es lo suficientemente complejo, dirigido con mayor o menor eficacia por actores (v.gr. partidos políticos) y mecanismos de dirigismo político (v.gr. medios de comunicación masiva y dinero), que sus resultados son interceptados por sus intérpretes, los cuales ejercen sus mejores oficios por articular su significado. Articulación, sobra decir, que viene revestido con los propios intereses que su exponentes desean adelantar. La tarea de gobernar y legislar diariamente queda en manos de esos actores cuyo poder y legitimidad derivan de ese mismo proceso que pretenden controlar. Piénsese en este contexto en la recién concluida contienda primarista y las múltiples interpretaciones ofrecidas sobre su significado. La quiebra de la clase política que vivimos todos los días es reflejo de las contradicciones de ese mismo ejercicio de ventriloquia.

Todo lo anterior lo cual nos lleva al referéndum sobre el status de este próximo 4 de noviembre de 2012. Independientemente de la posición que tome cada uno sobre cómo y porqué habrá de votar, e independientemente de las intenciones y cálculos políticos de los diversos sectores que componen el electorado, el proceso debe entenderse como una de las pocas genuinas instancias de participación ciudadana en el cual se presenta una oportunidad de destapar el embudo político en el cual hemos caído.

©Derechos Reservados

Featured Posts
Recent Posts
Search By Tags
Follow Us
  • Facebook Classic
  • Twitter Classic

Igualdad, Futuro Seguro Inc

PO Box 9853, San Juan, PR 00908

 

1519 Ponce De León, Suite 618,

San Juan, PR 00908

  • Facebook Social Icon
  • Instagram
  • Twitter Social Icon
  • YouTube Social  Icon

© 2017 by Igualdad, Futuro Seguro. All Rights Reserved.